Dormí cuatro horas;
Dormí cuatro horas. Cuatro horas exactas, como si hubiera puesto un despertador dentro de mí y hubiera olvidado apagarlo. Al despertar no estaba triste. Eso habría sido más sencillo. Estaba cansado. Pero no el cansancio noble de quienes trabajan demasiado y vuelven a casa con las manos sucias. Era otro. Un cansancio sin oficio. Un animal pequeño instalado debajo de mi piel que respiraba lentamente. Me levanté y durante unos segundos pensé que tenía fiebre. No tenía fiebre. El termómetro decía treinta y seis punto tres. —Mientes — dije. El termómetro no respondió.
He querido hablar. No con todo el mundo. Líbrame de todo el mundo. Quería hablar con una persona concreta, de esas que convierten una conversación cualquiera en una azotea donde uno puede quitarse el abrigo y dejarlo tirado en el suelo. Pero ese lugar ya no sé en dónde está. Pérdidas que no hacen ruido. Nadie rompe una ventana. Nadie grita. Nadie muere. Simplemente un día escribes: “¿Cómo estás?” y sabes que la pregunta ya no conduce a ninguna parte. Y ahí termina todo. Una pequeña muerte administrativa. Sin sangre. Sin música. Sin la cortesía de una tragedia. Lo terrible es que sigo teniendo cosas que contar.
He descubierto canciones. He pensado estupideces. He visto cosas que me hicieron reír. Tengo secretos completamente inútiles. Pequeñas bombas de tiempo que antes podía entregarle a alguien diciendo: “Mira.” Y ahora no sé dónde ponerlas. Así que las guardo. Las guardo como un loco a las fotografías de una ciudad inexistente.
No todo puede seguir siendo un lugar para mi. Aprender a cerrar puertas sin convertirlas en funerales. Aprender que algunas personas pueden seguir vivas, seguir siendo buenas, seguir siendo queridas. Me parece una crueldad innecesaria. Pero el mundo nunca ha sido particularmente bueno administrando sus crueldades. Así que preparé un café. Abrí la ventana. El cielo estaba ahí, completamente indiferente. Pensé: qué cosa tan extraña. Uno puede tener el corazón hecho una pequeña ruina y, la luz continúa entrando. No estaba ahí para consolarme. Nunca ha estado ahí para eso. La luz entra porque entra. No le interesan nuestros nombres. No conoce nuestras pérdidas. Le importa un carajo que ayer alguien haya sido ese lugar recurrente y hoy sea solamente una dirección que ya no visitamos.
Sin permiso entró sobre mis manos. Durante unos segundos parecían las manos de otro hombre. Las de alguien que todavía no sabe lo que ha perdido. Que quizá todavía podía llamar a alguien sin pensarlo demasiado. Me quedé mirándolas. Mirándome. Después sonreí. Una pequeña mueca. No porque fuera gracioso. La tristeza llega a un punto en que empieza a parecerse peligrosamente a la comedia.
Cuatro horas de sueño. Treinta y seis punto tres de temperatura. Una taza de café. Una habitación vacía. Y el sol entrando como imbécil. Estar vivo, parece, es no sentirse bien. No sentirse mal. Sólo permanecer ahí mientras las cosas cambian de nombre. No llamé a nadie. No pregunté nada. No intenté recuperar ninguna dirección. Terminé mi café. Y salí a la calle. El mundo seguía siendo una mierda. Pero también seguía siendo otra cosa. Por alguna razón que todavía no comprendo, eso me pareció suficiente.
Subí al transporte público, y una vez más la mueca tonta en mi rostro apareció. Hasta el chofer me abandonó. El destino renunció a la sutileza y decidió operar con la brusquedad de un teatro de títeres mal ensayado. Bajó corriendo el operador y sólo quedó un camión encendido y abandonado a mitad de la calle, no es una metáfora elegante; es un chiste pesado del absurdo cotidiano, de esos que solo provocan esa risa seca que sale cuando uno comprende que la realidad ha decidido volverse ridícula para no resultar insoportable. El sinsentido de quedarme sentado esperando a que el chófer regrese es la misma inercia con la que habito los espacios que ya fueron desocupados. Se aguarda por costumbre, por la vaga expectativa de que las cosas mantengan su lógica, de que alguien al volante recuerde su oficio y devuelva el sentido al trayecto. Pero el motor sigue rugiendo en el vacío, gastando combustible para nadie, demostrando que algo puede continuar funcionando perfectamente sin que exista razón alguna para que lo haga. La puerta estaba abierta y no podía bajar.
No hay música de fondo ni revelaciones luminosas; está sólo el ruido del metal y el aire de la calle. Dar ese paso fuera del estribo para dejar que el vehículo quede atrás, me revolvió el estómago dejándome como un pasajero fantasma, marcó el único límite posible contra lo ridículo de la espera. Eso era todo lo que debía hacer. Bajar. Pero no pude. No porque no haya encontrado otro camino. No porque no sepa a dónde voy. Ni siquiera porque no esté listo. Simplemente porque el motor lleva demasiado tiempo encendido y nadie va a volver a ocupar el asiento del conductor. Sentado, con el cuerpo cansado. Con cuatro horas de sueño. Con la sensación absurda de tener fiebre aunque el termómetro insista en que no.
Esperar en un vehículo vacío, me llenó de ruido sin razón. Hay cosas que no terminan. Solo se quedan encendidas. Esperando a alguien que ya no va a regresar. El reloj sigue. La luz sigue. El motor sigue. El mundo sigue. Y quiero encontrar una explicación digna, alguna frase capaz de poner orden en todo aquello. Pero no hay ninguna. Solo está la calle. El aire. El ruido del tráfico. Quizá mañana me toca el mismo transporte. Quizá alguien apague el motor. Quizá otro chófer suba, cierre las puertas y continúe el recorrido como si nada hubiera ocurrido. El mundo tiene cosas más importantes que hacer. Hay gente llegando tarde. Hay vendedores abriendo sus puestos. Hay niños camino a la escuela. Hay alguien comprando café. Hay una mujer que acaba de recibir un mensaje que llevaba toda la mañana esperando. Hay un hombre que todavía no sabe que hoy va a perder algo. Hay otro que todavía no sabe que hoy va a encontrarlo. Y yo me siento enfermo. Incompleto. Y si el transporte sigue su rumbo, espero haber bajado.
He querido hablar. No con todo el mundo. Líbrame de todo el mundo. Quería hablar con una persona concreta, de esas que convierten una conversación cualquiera en una azotea donde uno puede quitarse el abrigo y dejarlo tirado en el suelo. Pero ese lugar ya no sé en dónde está. Pérdidas que no hacen ruido. Nadie rompe una ventana. Nadie grita. Nadie muere. Simplemente un día escribes: “¿Cómo estás?” y sabes que la pregunta ya no conduce a ninguna parte. Y ahí termina todo. Una pequeña muerte administrativa. Sin sangre. Sin música. Sin la cortesía de una tragedia. Lo terrible es que sigo teniendo cosas que contar.
He descubierto canciones. He pensado estupideces. He visto cosas que me hicieron reír. Tengo secretos completamente inútiles. Pequeñas bombas de tiempo que antes podía entregarle a alguien diciendo: “Mira.” Y ahora no sé dónde ponerlas. Así que las guardo. Las guardo como un loco a las fotografías de una ciudad inexistente.
No todo puede seguir siendo un lugar para mi. Aprender a cerrar puertas sin convertirlas en funerales. Aprender que algunas personas pueden seguir vivas, seguir siendo buenas, seguir siendo queridas. Me parece una crueldad innecesaria. Pero el mundo nunca ha sido particularmente bueno administrando sus crueldades. Así que preparé un café. Abrí la ventana. El cielo estaba ahí, completamente indiferente. Pensé: qué cosa tan extraña. Uno puede tener el corazón hecho una pequeña ruina y, la luz continúa entrando. No estaba ahí para consolarme. Nunca ha estado ahí para eso. La luz entra porque entra. No le interesan nuestros nombres. No conoce nuestras pérdidas. Le importa un carajo que ayer alguien haya sido ese lugar recurrente y hoy sea solamente una dirección que ya no visitamos.
Sin permiso entró sobre mis manos. Durante unos segundos parecían las manos de otro hombre. Las de alguien que todavía no sabe lo que ha perdido. Que quizá todavía podía llamar a alguien sin pensarlo demasiado. Me quedé mirándolas. Mirándome. Después sonreí. Una pequeña mueca. No porque fuera gracioso. La tristeza llega a un punto en que empieza a parecerse peligrosamente a la comedia.
Cuatro horas de sueño. Treinta y seis punto tres de temperatura. Una taza de café. Una habitación vacía. Y el sol entrando como imbécil. Estar vivo, parece, es no sentirse bien. No sentirse mal. Sólo permanecer ahí mientras las cosas cambian de nombre. No llamé a nadie. No pregunté nada. No intenté recuperar ninguna dirección. Terminé mi café. Y salí a la calle. El mundo seguía siendo una mierda. Pero también seguía siendo otra cosa. Por alguna razón que todavía no comprendo, eso me pareció suficiente.
Subí al transporte público, y una vez más la mueca tonta en mi rostro apareció. Hasta el chofer me abandonó. El destino renunció a la sutileza y decidió operar con la brusquedad de un teatro de títeres mal ensayado. Bajó corriendo el operador y sólo quedó un camión encendido y abandonado a mitad de la calle, no es una metáfora elegante; es un chiste pesado del absurdo cotidiano, de esos que solo provocan esa risa seca que sale cuando uno comprende que la realidad ha decidido volverse ridícula para no resultar insoportable. El sinsentido de quedarme sentado esperando a que el chófer regrese es la misma inercia con la que habito los espacios que ya fueron desocupados. Se aguarda por costumbre, por la vaga expectativa de que las cosas mantengan su lógica, de que alguien al volante recuerde su oficio y devuelva el sentido al trayecto. Pero el motor sigue rugiendo en el vacío, gastando combustible para nadie, demostrando que algo puede continuar funcionando perfectamente sin que exista razón alguna para que lo haga. La puerta estaba abierta y no podía bajar.
No hay música de fondo ni revelaciones luminosas; está sólo el ruido del metal y el aire de la calle. Dar ese paso fuera del estribo para dejar que el vehículo quede atrás, me revolvió el estómago dejándome como un pasajero fantasma, marcó el único límite posible contra lo ridículo de la espera. Eso era todo lo que debía hacer. Bajar. Pero no pude. No porque no haya encontrado otro camino. No porque no sepa a dónde voy. Ni siquiera porque no esté listo. Simplemente porque el motor lleva demasiado tiempo encendido y nadie va a volver a ocupar el asiento del conductor. Sentado, con el cuerpo cansado. Con cuatro horas de sueño. Con la sensación absurda de tener fiebre aunque el termómetro insista en que no.
Esperar en un vehículo vacío, me llenó de ruido sin razón. Hay cosas que no terminan. Solo se quedan encendidas. Esperando a alguien que ya no va a regresar. El reloj sigue. La luz sigue. El motor sigue. El mundo sigue. Y quiero encontrar una explicación digna, alguna frase capaz de poner orden en todo aquello. Pero no hay ninguna. Solo está la calle. El aire. El ruido del tráfico. Quizá mañana me toca el mismo transporte. Quizá alguien apague el motor. Quizá otro chófer suba, cierre las puertas y continúe el recorrido como si nada hubiera ocurrido. El mundo tiene cosas más importantes que hacer. Hay gente llegando tarde. Hay vendedores abriendo sus puestos. Hay niños camino a la escuela. Hay alguien comprando café. Hay una mujer que acaba de recibir un mensaje que llevaba toda la mañana esperando. Hay un hombre que todavía no sabe que hoy va a perder algo. Hay otro que todavía no sabe que hoy va a encontrarlo. Y yo me siento enfermo. Incompleto. Y si el transporte sigue su rumbo, espero haber bajado.
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