Hay voces que suenan como si las cantara un cangrejo viejo, con los dientes rotos, la armadura oxidada y el alma cubierta de algas. Voces que te gritan desde el fondo, entre botellas vacías y tenedores rotos, como si el mundo se hubiera deshecho hace mucho y nadie hubiera notado la caída. Hay canciones que son frágiles como una concha agrietada, como una memoria que flota en el agua salada, sin destino. Notas lo-fi, folk de juguete, ecos de algo que alguna vez significó hogar. Otras, en cambio, golpean como latigazos rítmicos, palabras feroces que denuncian el plástico, la pantalla, el cinismo con que nos vendieron el planeta como un souvenir barato. A veces suena un piano en llamas, tocado por alguien que intenta gritarle a la marea. Frases que nos recuerdan que venimos de la tierra y ahí volveremos, aunque sigamos insistiendo en enterrarla con residuos. Luego, aparece la ternura, una muy tímida, brillante, encerrada bajo capas de ansiedad, como una perla escondida en una carcasa fe...