La muerte de Brad Arnold no es solo el fin de una voz
Hay una pesadez extraña en la noticia, un eco que rebota contra las paredes de una habitación que ya no habitamos pero que conservamos intacta en algún pliegue de la memoria. La muerte de Brad Arnold no es solo el fin de una voz, sino el desmoronamiento de un puente de cables de cobre y frecuencias de radio FM que nos conectaba con una vulnerabilidad que hoy parece casi ingenua. Escucho los primeros acordes de esa balada que todos tarareamos y siento el peso de una era donde la soledad se sentía distinta, menos saturada de notificaciones y más llena de techos observados en la oscuridad. Había una honestidad ruda en su forma de cantar sobre la dependencia y el rescate, una especie de sentimentalismo de clase trabajadora que no necesitaba adornos barrocos para doler. Nosotros, que crecimos viendo cómo el mundo se pixelaba mientras intentábamos mantener la nitidez de nuestros afectos, encontramos en esos estribillos un refugio contra la intemperie emocional de los primeros dos mil. Era la...