La muerte de Brad Arnold no es solo el fin de una voz

Hay una pesadez extraña en la noticia, un eco que rebota contra las paredes de una habitación que ya no habitamos pero que conservamos intacta en algún pliegue de la memoria. La muerte de Brad Arnold no es solo el fin de una voz, sino el desmoronamiento de un puente de cables de cobre y frecuencias de radio FM que nos conectaba con una vulnerabilidad que hoy parece casi ingenua.

Escucho los primeros acordes de esa balada que todos tarareamos y siento el peso de una era donde la soledad se sentía distinta, menos saturada de notificaciones y más llena de techos observados en la oscuridad. Había una honestidad ruda en su forma de cantar sobre la dependencia y el rescate, una especie de sentimentalismo de clase trabajadora que no necesitaba adornos barrocos para doler.

Nosotros, que crecimos viendo cómo el mundo se pixelaba mientras intentábamos mantener la nitidez de nuestros afectos, encontramos en esos estribillos un refugio contra la intemperie emocional de los primeros dos mil. Era la banda sonora de los viajes largos por carreteras secundarias, del humo que se escapaba por la rendija de la ventana y de esa sensación constante de ser un superhéroe cansado, alguien que solo buscaba una mano que sostener cuando la luz del día se volviera demasiado cruda.

La partida de Arnold deja un silencio que tiene el sabor del óxido y la lluvia sobre el asfalto caliente. Es el recordatorio de que nuestra mitología personal está hecha de materiales biodegradables, de ídolos que caminaban a nuestro lado sin saber que estaban cargando con nuestras pequeñas tragedias cotidianas. Ahora queda la estática, el zumbido de un amplificador que se apaga y la certeza de que, aunque la música siga sonando en alguna lista de reproducción perdida, algo esencial se ha retirado hacia el fondo, dejando una marca de agua en nuestra propia historia de naufragios y salvaciones.




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