A veces me pregunto, y lo hago con la seriedad de un reloj que perdió su tic, si acaso es tan terrible —como dicen los que dicen mucho— querer estar y vivir bajo un puente. No un rincón sombrío ni un cartón mustio, no. Sino una casa, pequeña, de madera añeja y ventanas torcidas, con macetas colgando de sus barandas como relojes sin prisa, donde los gatos duerman en las cornisas y los helechos silben historias verdes al viento. Vivir debajo del puente. Donde el río sea vecino y la brisa, visitante. Donde los coches arriba pasen como pensamientos que no pesan. Donde la sombra no sea desdicha, sino abrigo. Donde la piedra sea firme, la gota constante, y cada eco sea un poema de bienvenida. Y aunque muchos murmuren con sus voces de lástima encendida: “¿Quién querría eso? ¿Quién desearía vivir bajo un puente?” yo levantaría la mano, y diría despacio, para que el mundo y su ruido se callen un poco: Yo . Yo quiero . Quiero ese rincón sencillo que llaman infortunio y c...