Debajo de un puente, cuando les digo, sólo se ríen

 


A veces me pregunto, y lo hago con la seriedad de un reloj que perdió su tic,
si acaso es tan terrible —como dicen los que dicen mucho—
querer estar y vivir bajo un puente.

No un rincón sombrío ni un cartón mustio, no.
Sino una casa, pequeña, de madera añeja y ventanas torcidas,
con macetas colgando de sus barandas como relojes sin prisa,
donde los gatos duerman en las cornisas
y los helechos silben historias verdes al viento.

Vivir debajo del puente.
Donde el río sea vecino y la brisa, visitante.
Donde los coches arriba pasen como pensamientos que no pesan.
Donde la sombra no sea desdicha, sino abrigo.
Donde la piedra sea firme, la gota constante,
y cada eco sea un poema de bienvenida.

Y aunque muchos murmuren con sus voces de lástima encendida:
“¿Quién querría eso? ¿Quién desearía vivir bajo un puente?”
yo levantaría la mano, y diría despacio,
para que el mundo y su ruido se callen un poco:
Yo.
Yo quiero.
Quiero ese rincón sencillo que llaman infortunio
y convertirlo en fortuna florecida.
Porque debajo de un puente no es desventura,
si en sus balcones hay gatos,
y en sus vigas, ternura.

Así que cuando la tristeza me alcanza con su andar de musgo,
cierro los ojos y me veo allí,
entre maderas crujientes,
con el sonido del agua y la risa de las flores,
en mi puente -hogar que no es derrota,
sino refugio.

Mi sueño, aunque otros no lo entiendan,
y quizá, mejor que no lo entiendan.


Comentarios

Entradas populares