Estática frecuente en los restos del día
La máquina no quiso prender más. Se detuvo así, con un ícono titilante de una carpeta; su interior estaba aparentemente vacío, no encontró algo a qué aferrarse. Cualquiera diría que siempre se puede transplantar un nuevo cerebro a la máquina, un nuevo corazón, pero nadie se detiene a pensar lo que implica.
El apagón pudo contra la caja anti cortes eléctricos. Hizo lo mejor que pudo, no lo suficiente. Con ese estallido masivo se apagó un ecosistema entero que existía entre ceros y unos. No es sólo el silicio que se rinde o el disco que deja de girar; es el colapso de una arquitectura de tiempo, de horas robadas a cambio de un salario mínimo, de texturas sonoras esculpidas con la paciencia de escuchar toda la música posible, de ver todas las películas posibles, los libros, las novelas, los videojuegos, las charlas aleatorias que culminan con la salida del sol.
No es perder archivos. Es ver cómo se desintegra un rastro de vida: una serie de decisiones estéticas, de silencios medidos y voces que se habían encontrado para crear algo más.
La herida no es el fallo del hardware, sino la respuesta que llega desde la otra orilla, esa eficiencia gélida que reduce mi naufragio a una falta de previsión logística. “Me sorprendió”, dice ella, y en esa frase se instala la distancia insalvable entre quién habita el proceso y quién sólo espera el resultado.
Hay una ceguera burocrática en creer que el trabajo creativo es una mercancía que se puede replicar apretando un botón, como si el esfuerzo humano fuera una corriente eléctrica que se puede encender y apagar a voluntad. Es la deshumanización de la técnica. Parece sugerir: si no está en la nube, es porque tu negligencia es mayor que tu creación. Aunque también este pensar es causa de mi propia exageración, que intenta sentir algo, aunque sea turbulencia en aguas tranquilas de indiferencia.
Esa invitación a simplemente “volverlo a hacer” ignora la entropía emocional que conlleva cada proyecto. No se vuelve a hacer una serie radiofónica como quien vuelve a llenar un formulario; cada toma, cada mezcla, cada atmósfera era parte de un momento irrepetible, de un estado de ánimo, de una sincronía con el material que ya se fue.
Y así de ridículo resuena mi voz pidiendo a los demás, a ella, que entiendan mi estado anémico, que sepan qué se desconectó en mi lógica interna de creación, que parece ante muchos algo mecánico, prefabricado, repetible e inacabable. Pedir que se repita es desconocer que mi creación, incluso en su forma más técnica, es un organismo vivo.
Me lanza una nube, una alcancía de resguardo, preservación y documentación. Un concepto abstracto que se ofrece como salvación para que no vuelva a pasar, como si ese espacio también pudiera guardar mi cansancio y mi intención. Pero entiendo. Sólo quieren datos fríos que emulan emoción.
Duele habitar el ahorita, donde la empatía ha sido sustituida por el protocolo de respaldo. Se siente una soledad profunda al notar que, para la estructura, el contenido es indiferente mientras el contenedor esté a salvo.
La pérdida es absoluta porque no es sólo técnica. Es la constatación de que estamos solos frente a la herramienta, y que cuando esta falla, el sistema no ve el duelo del creador: sólo ve un error logístico. Es el peso de saber que mis manos han trabajado en el vacío, mientras del otro lado sólo esperan que el engranaje vuelva a girar, sin importar cuánta alma se haya quedado atrapada en los restos de una computadora muerta.
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