A los dos que se quisieron; Carta

Esta fue una de esas noches y ya amaneció. Alguien apagó la luz en la habitación donde aún estaba yo. Se rompió mi corazón. No es una metáfora. El pecho me duele de verdad. La vieja máquina de hacer estupideces decidió participar en los acontecimientos.

Mis amigos habían terminado. Eso era todo. No había muerto nadie. No había sangre en las paredes. No habían cerrado la ciudad por duelo. Nadie había tocado una trompeta desde el balcón. No hay ninguna bandera a medio mástil. La gente seguía subiendo fotografías de desayunos, los perros seguían cagándose en las banquetas y algún imbécil seguramente está discutiendo en internet sobre si una película era una obra maestra o una mierda. El mundo, como siempre, no tenía la decencia de detenerse.

No era mi amor. Eso es lo primero que me digo, como si tuviera que presentar pruebas ante un tribunal invisible. No era mi amor. No era mi historia. No eran mis promesas, ni mis noches ni mis discusiones, ni ese extraño territorio donde dos personas se miran y de pronto el mundo parece tener algún sentido. Sin embargo, me duele. Me duele de una manera absurda.

Había momentos en los que los miraba y pensaba que la locura del mundo podía detenerse. Solo un instante. Como si alguien hubiera apagado el ruido de las máquinas, las noticias, las traiciones, las pequeñas miserias, los hombres que mienten, las personas que se van, las cosas que se rompen sin pedir permiso.

Ellos se miraban. Se hacían ojitos. Se ponían estúpidamente enamorados. Y durante unos segundos yo podía pensar: bueno, quizá no todo está perdido. Qué cosa tan pequeña. Qué cosa tan ridícula. Qué cosa tan enorme era para mí sin que yo lo supiera. Ahora se terminó. No sé exactamente cuándo. No sé quién tuvo razón. No sé qué ocurrió detrás de las puertas que yo nunca abrí. No quiero saberlo. Sé que se quisieron. Eso sí lo sé. Lo vi. Eso debería bastarme. Pero esta noche descubro que también estaba enamorado, de otra cosa, de la posibilidad de que algo pudiera permanecer hermoso. Qué ingenuo.

Uno cree que ha aprendido algo sobre el mundo y te encuentras con que solamente había una pequeña habitación donde el mundo todavía no había entrado. Pero cuando la puerta se abre, entra todo. Los celos. El miedo. La soledad. Las sospechas. Los cuerpos buscando calor en lugares nuevos. La necesidad terrible de no sentirse solo. Y me quedé ahí, mirando cómo aquella habitación se llenó, se vació y alguien apagó la luz conmigo dentro. 

Quiero dejar ir esa pequeña ficción hermosa que durante un tiempo me hizo creer que la bondad podía ganar algunas batallas. No puedo salvarlos. Eso lo sé. No soy su juez. No soy su sacerdote. No soy quien debe descubrir la verdad escondida entre sus versiones. Los había visto juntos. No todo el tiempo. Más bien como quien pasa frente a una ventana y alcanza a ver durante unos segundos una escena que no le pertenece. Una mirada. Una sonrisa. Una estupidez compartida. Los dos poniéndose pazgüatos. Ya sabes. Ese estado lamentable en el que caen los seres humanos cuando se enamoran. Se vuelven más torpes. Más generosos. Más ridículos.

Eso, por alguna razón, me hacía bien. No porque creyera que fueran perfectos. Eran ellos. Tenían sus problemas. Sus discusiones. Sus contradicciones. Sus días malos. Sus formas particulares de hacerse daño. Pero cuando estaban juntos había algo que yo no sabía nombrar. Una especie de pausa. Como si alguien hubiera entrado a la habitación donde el mundo estaba haciendo ruido y hubiera dicho: cállate por un segundo. Y el mundo, por una vez, obedecía. Eso era lo que me gustaba. No ellos como símbolo. No su relación como ejemplo. No la idea de que el amor salva a nadie. Eso me parece una estupidez peligrosa. Me gustaba simplemente que existieran. Juntos.

Durante un tiempo. Eso era suficiente. Ahora no. Ahora hay versiones. Incertidumbre. Recuerdos que probablemente se están deformando. Palabras que fueron dichas demasiado fuerte. Personas que aseguran saber. Personas que aseguran que no. Y yo estoy aquí, como un idiota, intentando no convertir una historia humana en una investigación policial. No quiero saber. Bueno. Una parte de mí quiere saber. La otra sabe que saber probablemente no arreglaría absolutamente nada. Así que decidí apartarme. No de ellos. De eso. De esa habitación. De esa investigación que nadie me pidió. Y entonces ocurrió lo de la galleta.

Una galleta de la fortuna. Una cosa pequeña, crujiente y amarilla, fabricada probablemente por una máquina que nunca ha conocido el verdadero significado de la desesperación. La abrí. Esperaba encontrar una frase idiota. Algo sobre el dinero. Algo sobre el éxito. Algo sobre viajar. Algo que pudiera leer y olvidar antes de terminar de masticar. Pero decía: TU ENERGÍA AMOROSA ES IMPARABLE HOY. Me quedé mirándola. Pensé: Bueno. Perfecto. Porqué no. Pero claro. Por supuesto. El universo tiene un humor bastante barato.

Me había pasado el día pensando en dos personas que ya no estaban juntas y el oráculo de la galleta había decidido informarme que mi energía amorosa era imparable. Me reí. Después dejé de reírme. Quizá la galleta tenía razón. No sobre el amor. Eso sería demasiado fácil. Tenía razón sobre algo peor. Sobre mi incapacidad para dejar de querer. Eso es lo que me está haciendo daño. Yo quería que todo estuviera bien. Quería que ellos estuvieran bien. Quería que nadie hubiera mentido. Quería que nadie hubiera sido cruel. Quería que nadie tuviera que reconstruir su memoria para poder soportar el pasado. Quería que aquella pequeña tregua siguiera existiendo. Estaba intentando imponerle una obligación al mundo: conserva aquello que me parecía hermoso. Como si el mundo tuviera esa obligación. Como si alguien hubiera firmado un contrato. Como si debajo de cada cosa bonita hubiera una garantía. No la hay. Nunca la habrá.

La fortuna de la galleta sigue en el cajón de mi escritorio.”Tu energía amorosa es imparable”. Una frase miserablemente optimista. Quizá el amor no es imparable. Las personas sí. Las personas se van. Cambian. Se cansan. Se equivocan. Se enamoran de otras personas. Se desamoran. Se perdonan. No se perdonan. Se escriben mensajes que después borran. Se acuestan solos. Se levantan junto a un cuerpo extraño. Y algunas veces vuelven. Y otras no. Pero uno sigue queriendo. Ese es el verdadero absurdo. Que después de todo uno continúa. No hay música. No hay revelación. No aparece ningún dios. No llega nadie. Solo está la ciudad detrás de la ventana. La calma absorta de la madrugada. La luz de la mañana. Una galleta rota. Y yo. Roto también.

Me gustaría poder decir que no me importa. Sería mentira. Me importan. Los dos. Eso es lo más incómodo de todo: querer a dos personas cuando sus caminos dejan de coincidir. No quiero escoger. No quiero convertir el amor en una guerra con buenos y malos. No quiero recibir rumores como quien recibe piezas de un cadáver para reconstruirlo. Quiero dejarlos ir. No a ellos. A lo que eran juntos.

No extraño exactamente que ellos estén juntos. Extraño lo que ocurría cuando estaban juntos. Simplemente terminó su turno. Quizá el amor no está hecho para salvarnos de la locura del mundo. Quizá solamente aparece algunas veces, se sienta a nuestro lado, nos mira con una ternura inexplicable y nos dice: mira por qué no va haber más. Y después se va. Esta noche me duele. No porque mi corazón se haya roto por ellos. Sino porque descubrí que una pequeña parte de mi corazón estaba viviendo allí. Entre sus miradas. Entre sus tonterías. Entre esos momentos en que parecían dos personas capaces de inventar un mundo donde todo podía estar bien.

La belleza nunca fue que ellos permanecieran juntos. La belleza fue mucho más pequeña. Mucho menos solemne. Quizá fue simplemente haberlos visto una tarde ser ducles. Decir algo ridículamente tierno. Eso fue todo. Dos personas siendo ridículas. Dos personas queriéndose. Y yo, por casualidad, estaba ahí. Durante unos segundos la locura del mundo bajó el volumen. Después volvió. Claro que volvió. Siempre vuelve. Pero durante esos momentos estuvo callada. Y quizá eso sea todo lo que puedo pedirle al devenir. No que nos prometa que las cosas hermosas van a durar. Solo que, de vez en cuando, me permita estar ahí cuando ocurra. Aunque después tenga que volver a doler y volver a dejarlas ir.

Habrá trenes, hospitales, canciones, gatos dormidos al sol, gente llegando tarde, gente besándose detrás de una puerta, alguien escribiendo una carta que nunca enviará. La locura continuará. Pero recordaré que una vez, durante un tiempo, dos personas se miraron y consiguieron detener el caos y la locura de mi mundo.

Leí otra vez la fortuna de la galleta. Tu energía amorosa es imparable hoy. Qué mal momento para descubrirlo. Me comí la galleta.

Estaba horrible. 

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