Ya no hay más trenes locos, ni lunas por ladrar; Adiós Ozzy Osbourne
Fue doloroso, sí, pero no en un sentido negativo. Fue ese otro tipo de dolor, más difícil de explicar. Ver por última vez al Príncipe de las Tinieblas, la leyenda, el símbolo masculino endurecido y que, aun así, intentó ser honesto. Había algo en su voz que no solo cantaba, también pedía permiso para sentir. Y justo cuando intentaba decir lo que realmente estaba sintiendo, algo desde adentro lo interrumpía. Como si su propia historia, su personaje, su oscuridad y su género le recordaran que “eso no lo debe decir un hombre”. Pero Ozzy, testarudo como siempre, intentó hacerlo de todos modos. Se le quebró la voz. No por falta de técnica, sino porque su palabra iba demasiado llena de verdad. Entonces no pudo hablar más. Anunció la siguiente canción. Mama, I'm Coming Home. Y ahí es cuando todo se derrumbó una vez más. Al cantar esa balada, escrita por Lemmy, su amigo y hermano de guerra, se sentía como si Ozzy estuviera siendo observado desde el otro lado. Cada estrofa salía de su boca como si le pesara el alma. Pero la cantó entonado, firme, con una fuerza impresionante. Y ahí comprendí por qué siempre fue grande. Porque a pesar de su máscara, su oscuridad, sus excesos, su pasado, Ozzy sabía amar. Sabía despedirse. Sabía honrar a los que se fueron. Ese día le cantó a Lemmy como si Lemmy todavía pudiera escucharlo. Tal vez sí lo hizo como le cantó a todos los otros, para nada menores, que también estuvieron ahí frente a él.
Después vino Crazy Train, y él intentó alocarse un poco, sonriendo. Como si en ese descontrol hubiera algo de alivio. Como si quisiera regresar a los días en que Randy Rhoads aún vivía y tocaba esa canción con una perfección sobrehumana. Randy murió joven. Pero perfeccionó ese riff de tal forma que aún hoy parece contener el universo en cada nota. Y ver a Ozzy cantar esa canción no era solo espectáculo. Era una conversación con el pasado. Una conversación con un amigo que ya no estaba.
También pienso en las demás canciones, pero las lágrimas no me dejan recordar ni ver bien el orden correcto ni en cuál concierto fueron entonadas pero Mr. Crowley, con ese inicio de teclado que parece abrir la puerta de una iglesia abandonada. Es mística pura, teatralidad hecha sonido, una canción que se atreve a ser rara y hermosa a la vez. O en Bark at the Moon, con su violencia elegante, su rabia hecha ritmo. Y también en Hellraiser, esa declaración de guerra y gloria, cantada junto a Lemmy, los dos cantando contra la muerte misma. Todas ellas, canciones que no solo suenan. Te habitan. Te despiertan. Te abrazan con guantes de púas.
No me cuesta decirlo, pero sí saber cuándo, cómo o dónde, pero Ozzy es parte de mi vida. Lo fue incluso cuando no me daba cuenta. Sus discos están en mis recuerdos como si fueran muebles en una casa vieja. Blizzard of Ozz, con ese sonido salvaje y limpio al mismo tiempo. No More Tears, con sus baladas que te destrozan y su batería que parece un martillo. Diary of a Madman, que suena a cuento maldito. Ozzmosis, más melódico, casi enfermo, pero sincero como carta de despedida. Y cada portada es un mundo, cada imagen una invitación a entrar a un universo que se rehúsa a ser lógico.
A veces hablo de esto con mis amigos, y la mayoría no los conoce. Mis alumnos son aún más ajenos. Me ven raro si les digo que me duele la muerte de Ozzy. Y me pregunto cómo explicarles que no es solo un músico. Que no lo conocí, pero sí. Que él estuvo ahí cuando yo no sabía ponerle nombre a lo que sentía. Que su música no me hizo mejor, ni peor, pero sí me sostuvo. Y eso ya es más de lo que puedo decir de muchas personas. Sí, hubo un tiempo en que me enojé con él. Cuando aceptó hacer un reality show y lo vi gritar “SHARON” por todos lados, me dolió. Me pareció barato. Sentí que una leyenda no debía prestarse a eso. Pero ahora, al verlo de nuevo en videos cortos, en reels que me manda David, quién también fue el único en darme la fatídica noticia, ya no me enojo. Me río. Me conmueve. Porque nunca dejó de ser Ozzy. Siempre fue él. Incoherente, torpe, dulce, sin filtro, con los pantalones sueltos y los ojos delineados. Siempre fue sincero con lo que hacía. Por eso su despedida fue tan impactante. No todos se van así. No todos logran despedirse como los grandes. Pero él lo hizo. Con una brutalidad majestuosa. Con ternura. Con esa risa que parecía venir desde el fondo de un abismo y que, aun así, te hacía sentir acompañado. Y lo hizo junto a Black Sabbath, la banda que cambió no solo el metal, sino también la historia de la música. Y, para mí, cambió algo más, mi manera de estar en el mundo. De resistir. De emocionarme. De sobrevivir.
Porque mi vida, aunque lo olvide a veces, siempre ha estado acompañada por guitarras masacrantes, baterías estruendosas, bajos que hacen temblar el estómago y voces que parecen gritar solo para mí. No para una audiencia. No para un género. Para mí. Como si esas canciones hubieran sido escritas para mis días buenos, pero sobre todo para mis días tristes. Como si esa música fuera solo mía. Por eso hoy me permito estar triste. Pongo Mama, I'm Coming Home otra vez. La dejo sonar. La escucho con el corazón hecho nudo. Me permito llorar. No solo por Ozzy. Sino por todo lo que está conectado a su presencia, a su música, a esas conexiones que se hacen sin que yo lo supiera del todo.
Comentarios