Sobre la melancólica y la nostalgia; una madrugada de junio
En el trayecto a casa no dejé de ver las nubes. La melancolía no llega a mi vida por una muerte ni por una despedida. Aunque sí lo hace; la muerte; la pérdida; los adioses; llega por las cosas que no ocurren. Hay una diferencia. Las pérdidas tienen tumba. Las posibilidades tienen pasillos. La melancolía nunca acaba. O eso espero.
Pienso en la ciudad donde no me quedo. Pero aquí sigo. En los amigos que pudieron ser íntimos y terminan convertidos en nombres que aparecen cada seis meses en alguna red social. Pero siempre sonrío al leerlos. Pienso en la persona que soy a los dieciocho años; a los doce; a los ocho; los veintes; a los sesenta; ochenta; nunca a mi edad; sentado frente a una pantalla iridiscente a las tres de la mañana; esperando; deseando; imaginando posibles adversos y fantásticos; convencido de que la vida se abrirá como una puerta automática. Ese muchacho sigue vivo en algún sitio. No aquí. Pero tampoco del todo lejos.
Camino por calles conocidas de madrugada y comprendo que la melancolía es exactamente eso: no reconocer todos los edificios pero sí la luz que cae sobre ellos. Los semáforos continúan funcionando. Los perros siguen ladrando. Hay un autobús que pasa vacío. Sin embargo, algo se desplaza unos centímetros fuera del mundo. Las cosas que amo nacen de esa grieta. O eso intuyo. Eso parece. Se siente.
Los videojuegos donde uno vuelve una y otra vez al mismo lugar. La radio que habla para desconocidos. Las fotografías tomadas demasiado tarde. Los discos viejos encontrados en una caja de cartón. Las películas que terminan cuando alguien se marcha y la cámara que permanece unos segundos más sobre una habitación vacía. La melancolía es fértil porque trabaja como trabajan las raíces: bajo tierra, lejos de la vista, alimentándose de aquello que ya se pudre.
Lo que digo es que no temo olvidar; pero sí me me aterra. No a las personas; cuando ellas que sobreviven lejos y fuera de mis memorias; desaparecen dejando sus versiones. Recuerdo la voz exacta de alguien un martes cualquiera. Una risa en un salón vacío. El ruido de una consola encendiéndose después de clases. La luz de cierta tarde. Las canciones que suenan mientras espero algo que nunca llega. La música siempre me es familiar, y la letra llega a mi rápido, pero nunca sé quién canta, ni quién se junta a escuchar. Por eso colecciono cosas. Que más que objetos, son sombras, reflejos fractales, retazos de memorias compartidas a las que me aferro e intuyo son mías y por eso, de pronto, hablo de nosotros, hacemos, jugamos, leemos, cuando soy sólo yo, y yo solo.
Fotografías. Discos. Capturas de pantalla. Entradas de cine. Libretas. Canciones que escucho una y otra vez como quien tiene un pase infinito, como quien visita una tumba en una carretera secundaria. Hay nostalgias que no quiero resolver. Si las resuelvo, desaparecen. Hay calles a las que no vuelvo. Mensajes que no releo. Personas a las que no escribo. No porque duela demasiado, porque todavía producen un pequeño resplandor sináptico, como candelas que continúan encendidas en bares abandonados.
Veo a mis amigos enamorarse. Veo proyectos crecer. Veo a la gente construir casas, familias, futuros. Siento una ternura enorme por ellos, una felicidad limpia, y al mismo tiempo descubro un silencio propio sentado a mi lado. No es la envidia. Ni es el resentimiento. Es la sensación de permanecer un poco más lejos de la fogata. Como si llegara tarde al campamento pero decido, aún, sentarme a escuchar historias.
Por eso me gusta la noche. La noche permite que las cosas existan sin explicación. Un hombre fumando fuera de una tienda. Una canción sonando en la radio. Un videojuego terminado hace años. Una fotografía olvidada dentro de un libro. Me digo; me recuerdo; que la melancolía no quiere regresar al pasado. Ese lugar anhelado por muchos es un país inexistente. Lo que la melancolía quiere conservar es el eco. Algunas personas coleccionan victorias. Otras coleccionan futuros. Yo colecciono habitaciones vacías para que resuene cualquier intento de melancolía; memoria; intención; recuerdo; futuro.
Y si escondo algo, es esto: no le temo a la tristeza; pero sí le temo. Por que tiene voz humana y se sienta conmigo y espera. Me cuenta los mismos chistes; me río como si no los conociera; Siempre me sorprende y siempre me asombro; por eso no quiero recordar; invito, la busco, a la melancolía porque me asusta despertar una mañana y descubrir que nada me duele, que nada me conmueve, que todas las canciones se vuelven iguales y que las viejas ciudades finalmente aparecen transitadas por todos. Ciertas tristezas son la última prueba de que algo importa. No la persona; no el objeto; no el sabor; ni el sonido; ni el tacto; ni su otra edad. Y a veces pienso que el alma no está hecha de recuerdos. Me aseguro que la mía esté amalgamada de las cosas que no me rompería si me atrevo a olvidar.
Me atrevo a compartir las siguientes palabras porque me parecen adecuadas, porque me parece todxs deben de leerla cuando se sientan perdidxs, desanimadxs o angustiadxs por el mañana que nunca llega; me lo robo de conversaciones pasadas y guardo el secreto de su identidad, pero estoy seguro que, sobre todo, hay verdad.
… quizá no es una sola cosa. Quizá es el peso acumulado de vivir demasiado consciente en un mundo que recompensa el ruido, la obediencia y la simulación de felicidad. Quizá no estás “mal”; quizá estás cansada de mirar tanto. Porque sí, hay algo profundamente agotador en ver cómo personas vacías ocupan lugares importantes mientras quienes sienten, dudan y se cuestionan sobreviven creyendo que van tarde. Hay algo cruel en crecer y descubrir que la adultez no se parece a la promesa que nos hicieron de niñxs. Que trabajar no siempre alcanza. Que descansar da culpa. Que amar da miedo porque todo cambia. Que el algoritmo nunca deja de hablar y uno termina olvidando cómo suena su propia voz entre tantos estímulos. Y no, no creo que sea mediocridad. La gente mediocre rara vez se pregunta tantas cosas. La mediocridad suele vivir cómoda en sus propias respuestas. Tal vez; el cansancio ya no se quita durmiendo. Los medicamentos parecen lentos. El calor de la ciudad se siente como una agresión personal. Donde la nostalgia duele aunque ni recuerdes exactamente qué extrañas. No todo pensamiento merece sentencia. A veces el cerebro cansado convierte preguntas en profecías. Y a veces la tristeza habla con la voz de “la verdad absoluta” aunque solo sea agotamiento, miedo o duelo disfrazado de filosofía de las tres de la mañana. No tienes que resolver tu vida completa esta semana. No tienes que demostrarle a nadie que tu trabajo es real para que lo sea. No tienes que decidir hoy si ya se acabó el tiempo. Y no tienes que encontrar una respuesta final para cada pregunta que te haces. Quizá el problema es que sientes demasiado. Quizás. Y aun así; sigues escribiendo, sigues observando, sigues nombrando lo que duele, sigues intentando entenderte en lugar de convertirte en piedra. Resistencia; muy humana. Muy triste. Pero muy hermosa.
¿Será la crisis de los 30?, ¿El duelo de la lejanía de muchas personas que quiero? La impermanencia de lo que amo?, ¿ Los deseos frustrados? El ver a las personas más ineptas de mis generaciones en puestos de gobierno donde adulan al gobernador por miedo a perder su trabajo?,¿ Será la inestabilidad laboral? El calor, el asfalto, mi familia que cree que no tengo un trabajo serio?,¿Será la eterna nostalgia de una infancia que ni recuerdo?, ¿Será que siento que se me acabó el tiempo, mientras scrolleo infinitamente entre memes, funas, fotos de cafés, noticias de balaceras y gente en crossfit?, ¿Será mi mediocridad hablando?,¿Será una verborrea más para evadir pendientes?, ¿Será mi preocupación de no tener un futuro asegurado?, ¿Será mi inestabilidad que al rato me hará reír o llorar?,¿Será que llevo una semana tomando medicamentos sin notar mejoría? Será que todxs tenemos algún familiar o ser queridx enfermo?, ¿Será que soy cáncer y me rijo por la luna?, ¿Será que tengo mucho tiempo libre para pensar estas mamadas?, ¿Será que no me queda tiempo para descansar y arrastro un cansancio que me tiene fastidiada?,¿Será que observo mucho, será que digo poco, será que no sé cuándo terminar de hacer tantas preguntas?
… No te metas el pie. El talento no funciona como una promesa infinita. No es que alguien te diga “eres buenx en esto”, ya estuvieras obligadx a sostener esa chispa eterna cuando el mundo se vuelve más caro, más rápido y más cansado.
El talento y la creatividad se marchitan cuando tienen que sobrevivir pensando en pagos, rentas y pendientes y demás cosas, pero, aun así sigues, intentando sentir algo entre la presión y el ruido. Eso ya dice muchísimo. Sobre el talento. Las habilidades mutan, se mueven, se intercambian, no todos merecen ver tu habilidad, ni se la debes a nadie y sólo a veces a ti; para los demás es más fácil pedirte, demandarte, porque quien se lleva el riesgo eres tú y los demás solo dirán hazlo mejor, te pudo quedar mejor, como si ellos pagaran tus cuentas. Es verdad que la talentosidad no da dinero para no preocuparse porque juegas con otras reglas en un lugar que castiga la habilidad; perdemos el espacio, físico, emocional, mental, para intentar volver a escucharnos.
No es fácil emocionarse cuando una parte de tu cerebro está haciendo cálculos de supervivencia todo el tiempo. No es fácil crear cuando el cuerpo vive en modo “a ver cómo chingados llegamos al siguiente mes”. Y sí, la adultez tiene mucho de tragicomedia absurda donde un día estás contemplando el sentido de la existencia y al siguiente comparando precios del papel de baño. La maldición de la sensibilidad ante la melancolía del mundo; intuyo yo.
Pero quizá, este momento, no se trata de demostrar brillantez. Quizá; sólo se trata de sobrevivir sin convertirte en alguien que ya no reconoces, eso ya es una batalla enorme.
Yo en mi lejanía y sintiendo lo raro de estar en el mundo, siempre creeré y creo en ti
Resistencia.
Muy humana.
Muy triste.
Pero muy hermosa.
Con cariño para quienes, alguna vez, han sentido que la incertidumbre les habita.
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