A mis mostrillos graduados

 Hay algo profundamente injusto en las graduaciones.

Nos hacen creer que las historias terminan aquí. Que la música se detiene en el último acorde, que el telón cae, que la pintura se seca, que la última escena finalmente encuentra sus créditos. Pero las personas no funcionan así. El arte mucho menos.

Vi a mis mostrillos convertirse en algo que todavía no alcanzan a comprender. Los vi llegar con miedo. Con dudas. Y poco a poco comenzaron a llenar los espacios. Con ruido. Con color. Con preguntas. Con errores maravillosos. Con esa obstinación tan propia de quienes hacen arte: volver a intentarlo aunque nadie esté mirando.

El arte fueron ustedes.

Deseo que jamás se conviertan en personas incapaces de conmoverse. Que sigan deteniéndose a escuchar una canción. Que continúen viendo el color del cielo al salir a la calle. Que todavía les tiemblen las manos antes de hacer algo importante. Que no pierdan la capacidad de imaginar otros mundos. El mundo necesita personas capaces de sentir.

La verdadera graduación no solo consiste en recibir un documento. Consiste en descubrir que uno puede llevar una pequeña luz dentro y compartirla con los demás.

Gracias por permitirme caminar un tramo junto a ustedes.










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