Salvador Lemis; mi maestro
Y cuando por fin te busqué… descubrí que habías fallecido.
Todavía me duele esa sensación extraña.
Como si una puerta hubiera cerrado antes de que pudiera decir “gracias”.
Perdón por haber tardado tanto en buscarte.
Creo que una parte de mí pensó que siempre estarías ahí, en algún rincón del mundo, haciendo teatro, encendiendo conversaciones, riéndose fuerte, viviendo con esa intensidad tan suya.
Y cuando finalmente reuní el valor y la nostalgia para buscarte… ya era demasiado tarde.
Todavía me pesa no haberle dicho gracias a tiempo.
Porque aunque quizá usted nunca lo supo del todo, dejó algo muy grande en mí.
Recuerdo su manera de hablar del arte como si fuera algo vivo.
Peligroso.
Hermoso.
Necesario.
Recuerdo esa sensación de salir de sus cualquiera de sus talleres mirando el mundo distinto, como si las calles, las personas y las heridas humanas escondieran escenarios secretos.
Y sobre todo recuerdo lo único que me pidió:
“haz del mundo más bello.”
Qué cosa tan enorme le dijiste a un alumno.
Durante años no entendí completamente esa frase.
Hoy creo que apenas empiezo a hacerlo.
Cada vez que intento enseñar con cariño.
Cada vez que escribo algo honesto.
Cada vez que trato de despertar curiosidad o sensibilidad en alguien más…
creo que, de algún modo, sigo respondiéndole.
Tal vez nunca logre hacer el mundo realmente más bello.
Pero quiero pensar que lo sigo intentando.
Y quizá eso también se lo aprendí a usted.
Gracias, maestro.
Ojalá hubiera podido decírselo antes pero que tu llama siga en mis alumnos que sin duda hacen de este mundo un lugar más bello.
Comentarios