Se acabó el amor en mi ciudad

 

Hay noticias que parecen pequeñas hasta que uno entiende todo lo que significaban para una ciudad.

Esta semana, Grupo ACIR cerró oficialmente sus operaciones en San Luis Potosí. Con ello, salen del aire estaciones como Amor 95.3 y Mix 98.5, dos frecuencias que durante años acompañaron trayectos al trabajo, madrugadas de estudio, oficinas silenciosas, taxis nocturnos, corazones rotos y momentos cotidianos de miles de personas.

Y aunque muchas veces este tipo de noticias se explican únicamente desde lo económico —“no eran rentables”, “el mercado cambió”, “la audiencia migró”—, creo que reducirlo solo a números deja fuera algo importante: el impacto cultural y emocional que tienen los medios locales dentro de una comunidad.

La radio sigue siendo una memoria viva de las ciudades.

Es la voz que alguien escucha mientras limpia su casa.
La canción que sonó durante una despedida.
El locutor que hizo compañía durante una madrugada difícil.
La pequeña cabina donde generaciones enteras aprendieron a comunicar, improvisar, producir, editar y contar historias.

Trabajar dentro de medios también hace que estas noticias se sientan distintas. Porque detrás de cada frecuencia hay personas reales: operadores, productores, locutores, vendedores, creativos, técnicos y equipos enteros que sostienen diariamente algo que muchas veces el público da por sentado.

Y sí, da tristeza.
Pero también da enojo.

Enojo porque pareciera que muchos espacios culturales hoy están obligados a justificar constantemente su existencia únicamente bajo métricas económicas inmediatas, mientras el valor humano, artístico y comunitario queda relegado a segundo plano.

Quizá por eso el silencio que dejan estas estaciones pesa tanto.

Porque cuando una frecuencia desaparece, no solo se apaga música o programación: se apaga una parte del ruido cotidiano que hacía sentir viva a la ciudad.

Gracias a todas las personas que formaron parte de Amor 95.3 y Mix 98.5. A quienes estuvieron detrás del micrófono y también detrás de la consola. A quienes crecieron soñando dentro de esas cabinas. Y a quienes, sin saberlo, acompañaron la vida de muchísima gente desde el otro lado del dial.

Las transmisiones terminan.
Pero las voces tardan muchísimo más en desaparecer.



Más allá de los números, los presupuestos o las métricas, es imposible no pensar en todo lo que desaparece junto con una frecuencia: voces, equipos de trabajo, historias locales, espacios para aprender, equivocarse, crear comunidad y acompañar a alguien al otro lado del radio durante la madrugada.

Trabajar en medios hoy implica convivir constantemente con la incertidumbre. A veces con frustración. A veces con enojo. Y también con la sensación de que muchas industrias culturales están siendo obligadas a justificar su existencia únicamente desde lo económico.
Pero incluso en medio de eso, sigo creyendo profundamente en el valor de contar historias, generar identidad y construir espacios humanos dentro de la comunicación. Porque quizá una transmisión termina, pero el eco que deja en una ciudad tarda muchísimo más en apagarse.


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